Sara se movía con lentitud, con calma. Parecía medio dormida, tenía los ojos entrecerrados y la cara triste. No sabía bien qué hacer, porque no le apetecía hacer nada, pero sus pensamientos no paraban de volar de un sitio a otro. Todos igualmente detestables y oscuros.
Hasta que llegó uno, uno de esos pensamientos que ensombrecen el alma de las personas más nobles, y que no le era desconocido, por desgracia. Hacía años que una idea tan triste no rondaba su cabeza, y creía haber podido con ésta hacía ya mucho tiempo, en una casa lejana, en otro país, donde tomó la firme decisión de evitar situaciones que pudiesen llevarla de nuevo a ese punto.
Pero había desobedecido a toda lógica, se había guiado por un impulso tonto y tal vez infantil, y allí estaba. Sola. Triste y sola. Ella se lo había buscado, pero el dolor no desaparecía sólo por eso. Había que seguir, cargar con las consecuencias como si de una fría losa de piedra atada a su espalda se tratase. No iba a ser fácil, y no podía negar que estaba a punto de rendirse. De no haber sido tan orgullosa, de no haber querido siempre estar por encima de las circunstancias, ser fuerte, mantener el tipo frente a todo, se habría rendido ya. Pero no podía hacer eso, no podía rendirse sólo porque no estuviesen saliendo las cosas como ella esperaba, ¿que clase de persona hace algo así? No, ella tenía que aguantar, aguantar al precio que fuese, porque por algo el capricho había sido suyo y no de los demás.
Empezaba a ser duro, demasiado duro, pero no había vuelta atrás. Cambio posible tal vez sí, pero no podía regresar al momento primigenio, a la toma de decisiones, no podía cambiar aquello... y eso lo cambiaba todo. Lo había cambiado todo.
Sin entender muy bien cómo, había llegado al punto de no retorno. Era una isla en medio de una oscuridad total. Una isla que deseaba ser al mismo tiempo la isla más alejada del resto de islas del mundo y formar parte de un archipiélago. Incongruencias de las islas humanas, flotan a la deriva y temen el choque con otras que desequilibre su universo particular, pero al mismo tiempo anhelan ese descontrol, esa sacudida que les devuelva la pasión y las ganas de seguir, de vivir, de amar, de soñar.
Sara era una isla pequeñita en un mundo inmenso. Y tal vez por eso, sólo por eso, caminaba con los ojos entrecerrados, como adormilada, con pensamientos tan oscuros rondándole la cabeza.
